Diez vueltas en Rusia y la vuelta del diez al Camp Nou

Diez vueltas en Rusia y la vuelta del diez al Camp Nou
Mientras los amantes del pádel disfrutábamos de las locuras que son capaces de protagonizar los cuatros jugadores más en forma del mundo: Lebrón, Galán, Paquito y Di Nenno en la final de Lugo, la verdad es que no esperábamos demasiado de este domingo. Puede ser que, por eso, se valore mucho más todo lo sucedido.

La Fórmula 1 recurrió hace dos temporadas a un documental de Netflix, Drive to Survive, para contar los entresijos de las carreras y las vidas, más allá de los monoplazas, de sus grandes héroes, los pilotos. Los responsables del mayor espectáculo del motor del planeta percibieron, como tantas otras propiedades en el mundo del deporte, que la gente joven se empezaba a desenganchar. Lo rutinario de las carreras y ese fatídico “no pasa nada” vuelta tras vuelta empezaba a pasar factura. Ha sido tal el éxito de la serie que esta misma semana se publicó el probable interés de Netflix por hacerse con los derechos de las carreras. Esta vez, más allá de las pequeñas historias, la lluvia convirtió el Gran Premio de Rusia, en una carrera para los anales. Si los responsables de Netflix tenían alguna duda, ya no les quedará ninguna.

Se abrieron los cielos y se vislumbró de manera cristalina ese animal competitivo que es Hamilton, alcanzando su victoria número 100, una auténtica marcianada; se constató que Verstappen está hecho de otra pasta, saliendo el último por penalización y acabando segundo; la enorme inteligencia de Carlos Sainz para prevenir el aguacero y el cambio de neumáticos con tiempo para alcanzar el podio; Fernando Alonso fue, junto a Norris, el gran damnificado del chaparrón, pero se rehízo hasta alcanzar un más que meritorio sexto puesto. Diez vueltas de pasión, emoción, incertidumbre de las que hacen afición y de las que ponen muchísimos dólares de más en el próximo contrato de los derechos televisivos.

De las 10 vueltas de Rusia, pasamos a la emoción de la vuelta del 10 al Camp Nou. Da igual los colores que sientas, es imposible no alegrarse del regreso de Ansu Fati a jugar un partido de fútbol 323 días después. El retorno, tras una terrible lesión, resultó apoteósico porque el barcelonismo, deprimido hasta las trancas por la marcha de Messi, la crítica situación financiera del club y las batallitas escenificadas entre Laporta y Koeman, necesita como el comer aferrarse a nuevos ídolos. No hay ninguno más ilusionante que Ansu. El jovencísimo internacional español tiene duende, sigilo para saber encontrar los lugares donde convertirse en un depredador. Su latigazo a la cepa del poste del Levante lo celebró el Camp Nou como un título e incluso sus compañeros, especialmente Araujo, decidieron que era el momento de elevar al altar del barcelonismo al joven delantero. La imagen quedará para los anales de la historia. Sus abrazos con el médico, las lágrimas de su padre y su familia, móvil en mano, inmortalizando el retorno más deseado para los culés retrataron la esperanza del barcelonismo.

La emoción que te puede generar el deporte no tiene parangón. Las más hermosas son aquellas que nacen de lo impensado. Los goles de Falcao en el Rayo habrá que considerarlos dentro de lo rutinario. El Tigre se sale en Vallecas. Y parecía un domingo cualquiera…

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